Escapada a Sevilla

La capital hispalense es una ciudad presumida, bonita, bulliciosa y colorista, cortada en dos por las aguas del Guadalquivir y con una historia que haría palidecer a capitales de medio mundo. Conviene recorrerla a pie, sin prisas, prestando atención a los sonidos y a su elegante ritmo ciudadano sentado en algunas de sus terrazas, en los paseos que flanquean el río o a la sombra de la Giralda.

La ciudad es un hervidero el viernes por la tarde en las calles y avenidas del centro, entre el puente de San Telmo, situado a un lado de la Torre del Oro, y la plaza de San Francisco, donde se halla el Ayuntamiento y comienza la popular calle Sierpes. Recorrer este tramo es el mejor modo de comenzar a comprender Sevilla. Las calles que rodean la Catedral y la Giralda están atestadas de bares y restaurantes que abren sus puertas a un lado y otro de las callejuelas que derivan en la plazas del Triunfo y San Juan de los Reyes. Hay tiendas de recuerdos, librerías de viejo y comercios tradicionales donde venden imágenes en miniatura de la Semana Santa, la gran cita del año de la capital hispalense. Sevilla es una ciudad que se acuesta tarde. Las calles del centro están salpicadas de tablaos flamencos y de pubes que pinchan toda clase de músicas. Pero antes de volver al hotel convendrá guardar el recuerdo de la Giralda envuelta por la oscuridad y las luces que la iluminan.

Será el gran símbolo patrimonial de Sevilla lo primero que haya que ver nada más levantarse. La subida al viejo alminar almohade, erigido en el siglo XII y rematado siglos después por un cuerpo de campanas de estilo renacentista, se realiza por una rampa que lleva hasta lo más alto de la torre campanario, desde donde se observa una vista impagable. La Catedral a sus pies recuerda aquel mandato del Cabildo del siglo XV que mandó erigir “un templo tal que las generaciones futuras nos tengan por locos”. El mayor monumento gótico de la cristiandad guarda en su interior algunos de los tesoros más valiosos de la Iglesia española. Pero no conviene desfallecer por las bellezas que se contemplan dentro. Aún espera el Archivo de Indias, el severo edificio herreriano que guarda los legajos históricos de la América colonial, y los patios perfumados que esconden los Reales Alcázares, el recinto palaciego decorado con la arquitectura mudéjar más suntuosa de cuantas prodigó Andalucía.

Sevilla es una ciudad de perspectivas, de estampas y encuadres. En cualquier momento un detalle urbano puede atrapar la atención. En la Puerta de Jerez, por donde pasan los tranvías que conducen al centro, se alza el lujoso hotel Alfonso XIII, memoria de la ciudad señorial, y a su lado la Fábrica de Tabacos, sede en la actualidad del Rectorado de la Universidad de Sevilla, donde aún nos parece intuir la presencia romántica y chillona de las cigarreras burlando el amor de apasionados pretendientes.

Las orillas del Guadalquivir invitan a recorrerlas sin prisa, desde el puente de San Telmo al puente de Isabel II, conocido popularmente como el puente de Triana. Ese tramo urbano se conoce como el Paseo de Colón y lo preside la Torre del Oro, el primitivo baluarte árabe que protegía este lado del río. Hoy es museo naval y frente a sus puertas se extiende el castizo y cervantino barrio de El Arenal. A él da el albero de la plaza de toros más bella y legendaria del mundo. La Maestranza ha sido testigo de las crónicas más memorables de la tauromaquia y de aquellas tardes queda recuerdo en su museo que se halla a un lado de la Puerta del Príncipe.

El Arenal es un barrio pintoresco. Está salpicado de tabernas que sirven vino de Cádiz y platos de jamón ibérico de Huelva. La calle García Vinuesa, que da a la avenida de la Constitución, está moteada de tascas centenarias. Hay en ellas un permanente olor a vino añejo, a pescaíto frito y chacinas ibéricas. Almorzar en ellas, acodado en sus barras o sentado en sus mesas de madera que miran a la calle, es una buena idea antes de volver al camino.

 

Última modificación:Martes, 25 Abril 2017 19:03
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